Noticias y análisis

El hombre invisible.

Por Murphy.

Una de las consecuencias que el confinamiento ha provocado en mi vida ha sido exagerar esa tendencia que hace unos años me lleva a unos hábitos de vida cada vez más noctámbulos. Se me hace entretenida la madrugada televisiva, curiosamente. Y es desde antes de que el maleducado virus entrara en nuestras vidas. Eran las series sanitarias las que estaban en estos momentos en mis preferencias. The good doctor y Chicago Med habían atraído por diferentes motivos mi interés. Ayer, sin embargo, una vez acabada la emisión de la segunda y haciendo zapping por entre la amplia oferta disponible, terminé en el canal 24 H. Más por la esperanza de oír alguna noticia esperanzadora que informara un próximo final de la cuarentena que por el interés que me suscita el canal en sí.

Me llamó la atención la entrevista que le estaban realizando a un filósofo.

Se me hacía hasta la fecha muy cuesta arriba pensar que en estos tiempos alguien es de profesión filósofo. Por si no fuera poco, su apellido era tan irrepetible que me excusará este señor que no tenga clara su exactitud, pero sí dijo una cosa que llamó sobremanera mi atención. Se ha querido revestir la situación que vivimos como Estado de guerra, lo cual, además de ser falso, nos puede llevar a diversos engaños posteriores.

Su teoría era devastadoramente realista. 

En un Estado de guerra cuando al final se obtiene la victoria, caemos en el peligro que los que nos han dirigido en esta cruzada salgan como los héroes victoriosos que nos han librado de tan despiadado enemigo. Me llevó esto a imaginarme cuando el Presidente del Gobierno anuncie que hemos vencido al virus y sin el menor rubor, tratar de convencernos de cómo la fortaleza espiritual de este gobierno nos ha guiado a la heróica victoria. Ardo en deseos de comprobar si va entonces a pesar mas la alegría por el fin del confinamiento, o si las masas enardecidas pedirán cuentas por la mala gestion de la crisis, las consecuencias de las famosas manifestaciones, los disparates en sanidad o transportes o los muchos muertos que llevaremos acumulados.

Una de mis pasiones es la historia.

A todos los que nos gusta la historia sabemos que en ella se mezclan hechos contrastados, con otros no tanto. ¿Qué hay de aquellas teorias de la conspiración que los buenos profesores que algunos hemos tenido la suerte de encontrar, alimentaban en nuestra imaginacion? Son eso teorías, pero que con una lógica aplastante te llevan a creer en su verosimilitud a poco que las analizas.

 Pongamos dos ejemplos de tiempos de guerra

En la Segunda Guerra Mundial, Franklin Delano Roosvelt estaba como loco por entrar en la contienda. Sabedor era de que por la dejadez de su país era la Europa democrática la que estaba soportando en solitario la lucha contra el enemigo nazi. Recibía la presión de las empresas armamentísticas que estaban dándose un autentico festín vendiendo armamento a ambos bandos. También por parte de algunos de sus ministros sobornados por estos lobbyes del armamento para convencer al anciano presidente de la inconveniencia de la guerra. El anciano estadista decidió tomar otro camino, utilizando a los servicios secretos y también a la Diplomacia. Primero dejando a Japón prácticamente sin más opción que ir a la guerra en unas negociaciones de paz que ofrecían de todo menos paz. Después encauzando a sus servicios secretos para que no descubrieran ese ataque que todos intuían inminente. Como resultado, un devastador número de víctimas en Pearl Harbour que ya no dejaba dudas a nadie del camino a seguir.

Uno de esos larguísimos puentes, me dirigí a la librería.

La casualidad quiso que coincidiera con tres compañeras de clase que se me habían adelantado. Al comprarlo, el librero les hablaba de las bondades del libro, que era buenísimo según él y de fácil lectura. Recordé siempre esas palabras, si bien al principio pensé que eran ardides de buen vendedor. Tuve que reconocer que ambas cosas en mi caso se cumplirían. Empecé con un curioso acercamiento a la introducción del libro. Perdón, introducción es un decir, ni la más mínima referencia al autor. Como si no existiera. Algunos años más tarde, comprendí que era por propia decisión del autor.

Salinger. Ese genio que no quería que la genialidad se convirtiera en algo nimio…

por mor del rédito comercial y que trataba de preservar su identidad. Con esa ingenuidad que sólo los genios tienen. Pensando que sería tan fácil dejar al resto de los mortales huérfanos de ese talento. Efectivamente. Leí el libro en ese fin de semana y descubrí entonces los placeres de la lectura. Creo que otros muchos adolescentes en el mundo la han descubierto también con este libro. Así que si alguno de vuestros hijos no lo conoce no, estaría de mas aconsejarle su lectura.

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