¿Por qué Las promesas que enterramos es un cortometraje que llega al espectador?
Pudiera pensarse que un cortometraje es:
–Una mini-película.
–Un relato que se cuenta de forma breve porque hay escasez de recursos.
–Una historia contada por alguien que no es capaz de hacer una película larga. Esta opción queda descartada de plano como posibilidad. Sugiero revisar la hoja de servicios y la biografía de Óscar Parra de Carrizosa, entre otras funciones, director del cortometraje.
Nada más lejos de la realidad de Las promesas que enterramos, aunque en ocasiones, ciertas producciones, por su escaso compromiso, o la búsqueda rápida de la subvención, así inviten a pensarlo.
También podemos aludir a su contrario:
¿Por qué ir a un buffet libre a pegarnos una hartada de comer tiene que contribuir necesariamente al placer?
¿Puede un plato de degustación compensar cantidad pequeña o moderada de alimento, por otros valores sensoriales que nos aportan una experiencia que siempre vamos a recordar?
Es cuando un buen chef, en este caso, un director inteligente, sabe dotar al entorno de la historia de potenciadores del sabor que nos trastocan, nos hackean, al punto de alargar el tiempo e intensificar las sensaciones de tal manera que la película dure lo que tiene que durar, aunque para beneficio de este film, podría extenderse a hora y media tradicional, tranquilamente sin pérdida, sin por ello resultar larga. Hay temática de sobra para expandirse lo que hiciera falta, aunque resulta que esa posibilidad dual es una credencial excepcional para optar por el plato que hace sentir con fuerza, sin dejarse nada en el tintero y dejando que el espectador, el comensal, se tome su tiempo para conectar con sus experiencias, sus emociones y sus creencias .
Un buen cortometraje se legitima con una certeza.
Cuando el público tiene un enclave que le conecta con la historia porque ha sido parte de ese contexto temporal y el modelo social que se vivía, conecta indefectiblemente con él. Un engagement que se implementa con la potencia del simbolismo y la autenticidad de las texturas y reminiscencias. Cuando estas están bien representadas, la buena onda es infalible. Si esa barriada te recuerda a la tuya, empezamos bien.
La vivencia, los aromas y recuerdos de cada uno son particulares y muy nuestros.
La mera existencia de este hecho, es una nota común para mirar hacia arriba, cerrar los ojos y sentir con plenitud la intensidad del sabor. Entonces no sabemos si preguntar cuál es la receta, o regalarnos el misterio como un incentivo más para repetir. Al fin y al cabo, no vamos a ver un espectáculo de magia para averiguar el truco. No si quieres disfrutar y sentir el espectáculo que estás presenciando.
Curiosamente y de forma prioritaria, siempre aflora lo mejor.
Por ese motivo Las promesas que enterramos es un buen plato. La mente y el corazón se ponen de acuerdo y confabulan en un convenio puntual, experimentar un momento de dulzor, no de amargor. Para lo segundo y sin esforzarse, son suficientes el día a día, las tediosas rutinas y sus inclemencias. Por eso, en el relato, pesan más los valores superiores, sobre ciertas aspiraciones y expectativas no cumplidas que se contemplan en retrospectiva, desde la distancia, siendo aceptadas con cierto sentido del humor. Lo primero es lo primero. Y es curioso que lo diga un ingeniero aeronáutico, porque alguien que vive en la complejidad, tiene más fundamento para desear espacios de tranquilidad. Desde ese deseo y el bienestar que en ese estado se experimenta, la interpretación se enriquece.
Tal vez no podamos cambiar el ayer, pero sí el mañana.
El tiempo como medidor básico y objetivo de duración no es un elemento crucial en este caso. La habilidad reside en la gestión subjetiva de la percepción de esa variable.
Podría decirse aquello de mejor poco y bueno que mucho y malo, con la salvedad de que la propuesta de esta película queda al margen de esa consideración, porque mucho, daría para bueno y si cabe, para más.
Más adelante te comentaré el motivo por el cuál, Las promesas que enterramos está en su tiempo perfecto. Realizaré una extrapolación a lo que sería asumir su contextualización a tiempo actual.
Será cuando echaremos esa risa, por la evidencia estrambótica de una serie de hechos y condiciones que la harían difícil de entender al margen de una historia de ciencia ficción. Quizá no sea la cosa para desternillarse, pero sí para apreciar la paradoja que remata el valor de este film, haciéndo de él, una sugerencia idónea, para, por ejemplo, algunas sesiones del área de Valores en el aula de tercer ciclo de Educación Primaria y en su análoga, en la Educación Secundaria. Un valor transferible a generaciones futuras de alto voltaje educativo.
Y con todo se desprende una pregunta cuya respuesta me comprometo a desentrañar con estas reflexiones:
¿Puede la ciencia ficción a día de hoy, desde la evocación de tiempos pasados y de una sociedad distinta a la actual, extraer los mejores sentimientos del ser humano de nuestros días, los más jóvenes y de repescar a los que por circunstancias varias, se rindieron o se replegaron?
¡Vamos por cosas!
Las promesas que enterramos contiene una serie de ingredientes propios de un cortometraje bien elaborado.
Sólo te pido que me permitas algunas licencias de humor. Nada de sarcástico, ni cínismo. Sólo un tránsito que descomprima los tramos de mayor densidad filosófica en el proceso de desgranar los diez puntos.
La estrategia secunda al sentimiento y no a la inversa.
El márketing dicta que por definición, lograr el producto ideal reside en el afán obsesivo del creador de un producto y de su equipo, por lograr un efecto persuasivo, una intención cierta de manipular la psique del cliente o espectador, en este caso, con el fin de lograr tres variables: atención, retención por el impacto emocional y compartir la experiencia en redes sociales.
En la llegada está la clave. Puede variar el modo de hacerlo. Todo depende del punto de partida. ¿Autenticidad o artificio? El resultado puede ser distinto.
En Las promesas que enterramos, la premisa es precisamente que el mecanismo es la esencia. No necesita persuadir, emocionar e impactar para llegar, es que la misión de estas personas se concibe desde este punto y la convicción de que cuando las cosas se hacen con amor, el resultado nunca tiene tanta importancia por su cuantificación, como por la valoración personal de la audiencia a partir del ejercicio natural de compartir un café y sus vivencias al salir del estreno. Emocionarse y demostrarlo no tan sólo no está prohibido, sino que es una experiencia terapéutica necesaria, especialmente hoy. Hemos hablado de ello. Seguiremos haciéndolo.
Mi intención es que tras el trabajo realizado, el equipo pueda asimilar el logro y echar una sonrisa de complicidad.
Y para ello he desarrollado un modo secuencial y desenfadado, por el modo que se exponen estos argumentos de persuasión legítima que se basan en validar la fórmula que hace del cortometraje: Las promesas que enterramos, algo más que 24 minutos y 35 segundos.
A continuación, voy a listar esos ingredientes clave que hacen de Las promesas que enterramos, una entrega artística, valga el pleonasmo, un plato de buen gusto.
Una historia congruente.
Dado que el argumento que se cuenta es viable, cercano y muy de su tiempo, la naturalidad con que se presenta no muestra ningún elemento forzado que nos distancie, sino todo lo contrario. Es difícil no viajar al pasado para reconectar.
Es posible que a día de hoy, muchas personas y vivencias hayan quedado atrás.
Lo importante es recuperarlos en todo su ser. Aprender a perdonar y a perdonarnos. Perdonar puede ser sencillamente mantener distancia sin desear ningún mal.
Es importante desafiarnos a continuar perseverando por activarnos a obrar cambios que aún puedan darnos una felicidad a la que habíamos renunciado sin saber muy bien por qué. El tiempo actual como futuro, tal vez no sea ideal, pero si estás aquí y ahora, buena señal. Si puedes contarlo, a día de hoy es significativo de que aún tienes una oportunidad.
¡Aprovéchala!
Cuando somos jóvenes, especialmente en la niñez y la adolescencia, el tiempo se vive como interminable, casi infinito y pausado.
El futuro suena lejano y cuesta asimilar que las decisiones puedan ser trascendentales. Hay mucho margen para equivocarse. El sesgo de optimismo es connatural a esas edades y forma parte de la magia de esa etapa. Llegaremos a la conclusión y sin por ello incurrir en un spoiler, porque ello lo percibes desde el momento en que José Luis Panero toma el teléfono para llamar a su amigo interpretado por Alberto Mazarro con la inesperada y potente emoción que le invade cuando cae del libro que está leyendo el mapa de un tesoro. Ahí empieza todo.
Personajes entrañables. Actores auténticos.
El día que los franceses repiensen hacer volver al inspector Clouseau, la Pantera Rosa tiene a un muy digno sucesor de Peter Sellers, en la persona de José Luis Panero. Y no tan sólo por su enorme similitud física, sino por su perfil actoral y carisma representativo en el ámbito del cine nacional.
Laura Lebó es una actriz en crecimiento y con experiencia progresiva. En poco tiempo la tenemos interpretando a Gemma Galgani. Conoce la industria, desempeñando funciones en el área de producción. Como los buenos mecánicos, hay que conocer el comportamiento y el encaje de todas las piezas del sistema.
Pablo Pinedo es un actor contundente. Los actores del cine norteamericano del Método suelen caer en trampas de libro. Para dar vida a un personaje alcohólico o drogadicto, buscan la autenticidad de sus interpretaciones, bebiendo y drogándose para así experimentar las sensaciones y encarnar con mayor credibilidad. Sí y no, o sí, pero no. Hay muchos handicaps en esas aventuras, como emborracharse y olvidar el guion, o lograrlo y tener que ir a terapia para dejar el alcohol o las drogas. Si se consigue. Pablo Pinedo sólo necesita sentarse en la terraza de un bar de su ciudad y realizar un ejercicio de observación social de forma concentrada. Reproduce el modelo, lo siente y así lo transmite. Y como no tiene que ir a terapia, en quince días está a punto para interpretar a un alcalde, un sumo sacerdote, el capitán de un buque de mercancías, o un empresario. Y todos ellos, al mismo rendimiento y con más fuerza, si cabe.
Alberto Mazarro, hablaremos de ello en su momento, representa el placer de experimentar la sencillez y el arte de separarla del carácter analítico y de máxima precisión propios de su profesión como ingeniero. Disfruta de actuar encarnando a personajes cercanos, con una moral íntegra y sentimientos quebradizos encarando con valentía y sensatez el peso del drama. (Un viaje de 13.000 días).
Los personajes son sencillos, pero cuidado, no simples. Sienten, hacen decir y atención porque no dicen nada porque sí.
A día de hoy, ver el modo en que hablan los personajes puede resultarnos un poco extraño. En realidad esa reacción es lógica. Vivimos como si nos empujaran constantemente. Soportamos unos ritmos, un ruido y una presión general insanos que hemos normalizado, pero que nos destrozan. Es probable que la ralentización de tiempos internos que percibimos en el tempo de la película nos cause una reacción extraña.
¡Para el motor un instante!
Túmbate en el sofá. Recuerda, respira. Elimina del mapa de cosas internet, redes sociales, el trabajo, la contaminación acústica y la nueva forma de entender el funcionamiento social actual. Al cabo de unos minutos, si has vivido esa época, esa energía volverá y experimentarás paz y sentimientos que creías perdidos. Ese es el caldo de cultivo de Las promesas que enterramos. Has reconectado contigo. Ahora puedes darle de nuevo a play, o reiniciar. Repito. Emocionarse es lícito y necesario.
Un fondo emocional y emotivo.
Destaco en el Equipo DEHON CINEMA INTERNATIONAL la virtud de regalarnos en cada entrega historias cercanas con capacidad para conmover, recuperar y animar cambios internos a nivel personal. Un buen amigo, una de las personas más inteligentes que conozco, siempre por aquello que se dice, tengo la suerte de contar con más de cinco, por la cuenta que nos trae, me pregunta cuando me lamento de que me falta tiempo para desarrollar todos los proyectos que tengo en mente que:
Si tuvieras que dedicarte a esta encomiable labor por obligación…¿Como llevarías el precio de tener que romper tus principios y valores internos con propuestas vácuas, en relación con personas a las que ni mirarías y cuando menos cuestionables, porque hay que poner mesa cada día?
Comparto con Óscar y su Equipo humano, la tranquilidad de conciencia de que es un privilegio poder centrarte en hacer, como mínimo, lo que has visualizado.
¡Así es la vocación! No es el dinero, no es el estatus, es la emoción de haberlo hecho y de ayudar a otros a sanar y a desafiarse. A todos nos gusta que los planes salgan bien. Nunca es por casualidad.
Hay valores y capacidad para incentivar el valor.
Esos potenciadores de sabor, explícitos e implícitos, que nos hacen sentir, recordar con nostalgia y por qué no, llorar, despiertan energías que, invocadas con fuerza, por la conciencia y la intensidad de lo vivido en el pasado, pueden aportarnos un plus de valor.
Hablamos de amistad, respeto, valentía, optimismo, inocencia, cultura, sensibilidad, amor y emprendimiento.
Sentimientos mucho más intensos y concentrados por la posibilidad de su momento de máximo esplendor, que por el tiempo actual en que como veremos, las interferencias tecnológicas, la deformación de las redes sociales, la soledad y niveles de frustración insoportable, nos hacen incapaces, cuando menos complican, la posibilidad pacífica y relajada de parar a pensar de que gran parte de la imagen del éxito que se nos arroja a modo de espejo es de diseño.
¿A qué nos aboca la virtualización de las relaciones digitales?
Nos saturan y nos causan una ansiedad y unos sentimientos de pena profunda que por momentos pueden bloquear nuestra capacidad y energía para manifestar y sentir emociones en todo su despliegue. Las promesas que enterramos nos libera de esos males.
Las promesas que enterramos tuvo la capacidad de extraer una lágrima en un tiempo en que llevaba una inercia de lucha que no permitía ni el reposo, ni el más mínimo amago de quiebro.
Me sentí liberado. No tan sólo era más fuerte, sino que se abrieron nuevas puertas emocionales.
Se vislumbra una posibilidad. Querer verla o no, es otra cosa. Depende de si vemos con los ojos de fuera o los de dentro.
Vemos con los ojos de dentro cuando caminamos por un bello paraje, pero somos prisioneros de ver con los ojos de nuestras preocupaciones, problemas y pantallas.
La reflexión está garantizada. Es una experiencia sensorial.
La invocación empática a la audiencia que recuerda con nostalgia aquellos años empieza a hacer sentir un cosquilleo interno. La textura implícita de los elementos ambientales, los colores, el entorno, el mobiliario, la mesa camilla, el cenicero, el teléfono, el papel pintado en las paredes y el libro que lee el primer actor en orden nos despierta algo especial.
Para el público posterior en tiempo y que desconoce esa época, es importante que se planteen preguntas ante el pasmo que para los más jóvenes puede representar que existía un teléfono por cable, o una cabina telefónica en la calle.
Quizá descubran magia literaria con Los cinco, de Enyd Blyton. Es factible. La serie policíaca Columbo resiste al tiempo extraordinariamente y no es para menos: sabes quien es el asesino desde el primer instante y el interés se mantiene hasta el final, que siempre es brillante. Los pequeños detalles. Nadie ha superado ese nivel en las series de intriga. El valor está en la lógica y apela a cómo sobreestimamos nuestras posibilidades en otro sesgo de optimismo: el afán de perfección. Una persecución que no tiene, directamente proporcional al tamaño de la infelicidad que cosecha semejante aspiración. De hecho, revisando algunas de ellas, hay trasposiciones argumentales más o menos disimuladas.
Sigue habiendo mucho que aprender del pasado. La memoria siempre es importante.
Tanto para quien tiene memoria, como por la responsabilidad que supone de cara a las nuevas generaciones transmitirla. Tanto para aprender, conservar procesos artesanales, historia, como para evitar que ciertos incidentes se repitan. Memoria e historia son un tesoro como patrimonio y en tanto que herramienta de prevención. Insisto en esa idea diariamente en la escuela. Cada manifestación del modus vivendi demuestra que ciertas cosas cambian, pero otras son consustanciales a nuestra naturaleza. Hay un punto de conexión empática. El engarce de tiempos a la hora de transmitir valores en pos de su conservación es posible.
Una dirección consistente por su perfil.
Óscar Parra de Carrizosa es una persona polifacética. Médico de carrera, informático y músico, tiene a bien además, dirigir, producir y coordinar recursos para desafiar instancias y acabar logrando llevar a término sus proyectos. Para que esas condiciones hay que ser muy obstinado. Para suerte de los actores, Óscar es capaz de hacer diez cosas a la vez, pero no catorce. Gracias a ello, los protagonistas de Las promesas que enterramos tienen una oportunidad.
El perfil analítico y organizador al hilo de un canon baconiano son propios de un científico que sabe optimizar y multiplicar el rendimiento del tiempo.
Esa tarea de precisión y conquista de la eficiencia, no rivaliza con la entrega sentimental que vuelca en cada trabajo que es difìcil de superar, porque son piezas de coleccionista. Cada empeño, cada momento de dedicación, está en su lugar. Composición, aplicación técnica y revisión subjetiva minuciosa del detalle. Hay que estar preparado. Lo demuestra el hecho de que lo repite cada vez.
Un plantel actoral fuerte en sus convicciones y rodado en la interpretación vívida de personajes cercanos que llegan siempre.
Cuando quiero medir la potencia de actores y actrices, sólo tengo que trasladar sus nombres a la lengua catalana. Su símil, cualquier coincidencia con la realidad, es pura casualidad. Esta extrapolación o analogía onomástica me constata que hay status. A mayor virtud del equipo de DEHON CINEMA INTERNATIONAL, he de decir que les honra que los regalos que hacen a nuestros sentimientos y emociones, se prediquen desde la energía que queda tras atender a sus trabajos principales. Tiene mérito. Que cada cual valore con qué energía sale del trabajo y qué puede hacer con ella. Ahí es donde se revaloriza la intención.
Las interpretaciones cercanas de la plantilla actoral de Las promesas que enterramos se basan en personajes cercanos, humildes, pero profundos y con intensidad emocional. Por eso llegan.
Me puse a jugar con los nombres y oye, tú, que la cosa resultó. Vamos a hacer esa asimilación y no será necesario que te convenza. En el caso del catalán hay que echarle algo de trabajo a la cuestión, ya que si te despistas, puede que acabes encontrando nombres más propios de un equipo deportivo de fútbol o de baloncesto. Así que tiré hacia lo artístico y el esfuerzo al final no fue tan grande. Es algo así como un test de fuerza analógica. Igual lo hago de catalán a castellano. No suele fallar. No he querido caer en el topicazo de los nombres y apellidos vascos.
Laura Lebó por Núria Falcó.
José Luis Panero por Pep Lluís Farero Garcia-Valcastell.
Alberto Mazarro Bodega por Alfons Navarro i Fàbrega.
Pablo Pinedo por Pau Arnedo.
Y ya puestos, el míster, como director:
Óscar Parra de Carrizosa por Arnau Segarra de Vilanova.
Y no sigo porque pasa lo que pasa. Entonces me lanzo, pruebo con un nombre y apellidos de los países del Este y ya estamos en el deporte: Oscar Parricic. De pronto. tenemos al próximo seleccionador de Balonmano para la selección de Serbia. Bromas aparte, y al César, lo que es del César.
Queda patente la fuerza de los nombres originales, como de sus análogos virtuales y para la anécdota, la analogía comparativa que resulta funcionar.
Una historia contada en el tiempo perfecto.
¿Qué ocurriría si Las promeas que enterramos se hubiera planteado en el tiempo actual y que en lugar de que las cajas y los mapas del tesoro que se enterraron en 1959 se hubieran enterrado en 1999 o 2000, por ejemplo. Aquí nos vamos a divertir 🙂
–Hasta 1998 podías visitar un pueblo o una ciudad y cuarenta años después… la plaza seguía ahí, con lo cual, podías enterrar la caja tranquilamente. Hoy en día y desde los últimos diez años, puede que resultara complicado dar con la caja del tiempo, ya que no sería extraño encontrar en lugar de la plaza un edificio de quinientas viviendas de lujo con pista de tenis, spa, gym, cine para la comunidad y piscina de cincuenta metros para hacer largos. Luego desaloja edificio, llama a Sylvester para demolerlo y todo para dar con una caja que no tiene dinero ni tesoro material. Sólo promesas…y nada menos, cuidado. No compensa el esfuerzo en los términos de valor por los cuales, los perseguidores del tesoro de las minas del Rey Salomón venderían a su padre y reunirían a un equipo de búsqueda…mercenarios incluidos.
–Pongamos que tienes suerte y la plaza está ahí. ¿Y si ha pasado el listo de turno con el detector de metales?¿Y si quieres enterrar la caja, pero cuando has excavado medio palmo encuentras hormigón?¡Meeec!
–De últimas, un día visitas Tik tok y ves el unboxing de una caja decorativa cuyos objetos te resultan familiares. La carta de llamada a: «Deseo en el futuro que…» es un post viral en Instagram publicado por un influencer que se lo ha apuntado como propio. El resto de enseres, vete a saber dónde localizarlos.
Es complicado concebir en la actualidad como real Las promesas que enterramos en los términos en que la historia que se narra, lo pudo ser con total naturalidad.
Las probabilidades juegan en nuestra contra y el director lo sabía. ¡Así que lo clavó! En 1998 un señor llamado Steve se carga las tiendas de discos tal como las conocimos para tenerlas en un dispositivo y ahora en nuestro teléfono móvil. Otro llamado Jeff, nos quiso hacer entrar a bocajarro libros que se leen en una pantalla. A pesar de todo, las librerías aguantan mejor.
Es como si hubieran coincidido Mercx, Anquetil, Hinault e Induráin en la misma generación.
Nos hubiéramos perdido muchos Tours y no habríamos podido asimilarlo. Con estos dos caballeros ocurrió precisamente esto. Han desestructurado nuestro fondo secuencial, los esquemas mentales para organizar tiempos y eventos. Todo tan de golpe. Hay un coste en todo ello. Ahora se nos juntan Sam Altman, Elon Musk, Bezos sigue ahí y Cook en nombre de Jobs. Más estrés, apuesta de continuación, la historia incrementa sus revoluciones. Aumenta la crispación y las neuronas chirrían.
Tenemos que agradecer a Óscar Parra y a su Equipo que contribuyan con un cine que pausa los ritmos y nos retorna la respiración.
Todo apasionado por la lectura sabe que comprar un libro fisico representa mucho más y por ello, el concepto resiste.
Para el resto que se va a la playa y cuando regresa a la toalla llora porque su soporte digital para leer ha desaparecido, dejamos la oportunidad de reconsiderar la magia de: ir a una librería, perderse, sentir el aroma, la dificultad de elegir qué libro leer, de entre todos los que pueblan las estanterías. Y volvemos a la niñez, esa sensación de estar en una juguetería y de sentirse poderosamente abrumados y a la par emocionados por esa impotencia para decidir cuál entre todas las propuestas. Sólo que con los libros la reacción a la sensación de escasez del tiempo, y más cuanto mayor te haces, no es tan agónica. Un buen libro se disfruta a ritmo natural. Asumes que mientras haya más libros buenos que leer tu vida da para más y te esmerarás en cuidarte para no leerlos.
Por desgracia, en la evolución tecnológica, vamos enganchados a ritmo de un pelotón que tira endiabladamente y no mira atrás.
¿Qué título sería más adecuado a día de hoy y a la vez no nos abocaría algún conflicto social o simplemente, al peligro de dispersarnos de la cuestión fundamental?
Se me ocurren unos cuantos:
¿Dónde está la caja?
La caja del tesoro.
Dos pretendientes, una mujer.
Dos para una.
El amor que se nos negó.
Amor platónico y los tesoros reencontrados.
Unboxing.
El mapa del tesoro.
En fin, con toda la profundidad que ofrece Las promesas que enterramos, el título, sin más, debe ser este. El resto se presta como mucho, a una risa escondida.
Cara a cara siempre gana.
Quien sabe que la riqueza emocional reside en los enclaves relacionales que establecemos con las personas tiene más fácil comprender la enormidad de la sencillez de hablar con otra persona, especialmente si existe un vínculo especial.
Sentir con autenticidad sólo se vive sintiendo en la presencia. Lo demás es posible, pero se complica.
Esta experiencia es excluyente para personas que para no sufrir, eligen la opción de reemplazar las relaciones vis a vis, por las interacciones digitales y lo estresante de la recompensa de las expectativas por la monetización social en forma de likes y una lista variada de dopamínicos que nos hacen prisioneros si no tomamos conciencia de ello. El que esté libre de pecado…Lo importante es darse cuenta y gestionar adecuadamente cada beneficio y cada pérdida. Al final la clave reside en la cuota asignada.
Funcionamos por vinculación. El retorno de un indicio que despierta un sentimiento, una memoria dormida es suficiente para reactivarnos.
El atrezzo, la asociación de ciertas prendas de vestir, el poder de una melodía y cómo esta se asocia a un pensamiento concreto del pasado que puede ser un anhelo, una cuenta pendiente, un deseo. El guionista ha sabido organizar con intencionalidad cada pieza del puzzle visual antes incluso de esablecer el primer contacto humano entre dos personas que ya se emocionan sólo por el hecho de hablar por teléfono. Entonces te aprendías de memoria los números de teléfono por la pereza de no tener que andar buscando la agenda, quién sabe dónde la dejaste…¿Y si fue en el parque? ¡Corre que igual mañana está en obras!
La fuerza de la invocación. La grandeza de sentir como las energías regresan.
José Luis y Alberto encuentran dos mapas. Y eso es suficiente para hacer magia. Personalmente me ocurrió cuando tras años de dar por perdidos tres temas musicales de la infancia, reaparecieron largos años después, uno en CD: Yesterday when I Was Young, de Andy Williams, For The Good Times, de Ray Price y And I love You So, de Perry Como. Sentí auténtica corriente eléctrica y cómo fuerzas que creía perdidas, regresaron.
Lo mismo ocurrió cuando me querían condenar en el hospital hace poco.
Mi interior tiró de las raíces más profundas y aprendí que puedo continuar con los requerimientos de hoy, pero afincado incondicionalmente en los principios y valores de antaño.
Cualquier testimonio artístico hecho con amor y pensado para durar, puede conmover, remover y movilizar. En un poco te lo recordaré.
Cabe contrapesar con honestidad si el balance entre la ganancia de evitar sufrimiento por la de renunciar a vibrar y sentir, compensa. Vivimos porque soñamos. Soñamos porque creemos. Morimos cuando dejamos de creer y dejamos de mirar hacia adelante.
La banda sonora es muy acertada.
Por momentos, la melodía de piano me recuerda al solo el tema Música È, tema musical magistralmente interpretado por Al Bano en el álbum La mia Italia, 2006.
Es precioso el tema de cierre que lleva por título: Las promesas que enterramos, compuesto por Óscar Parra De Carrizosa, y más, el hecho de que el intérprete de esta canción de profunda letra, llega con garra al alma y una fuerza de voz inconmensurable obra como vehículo mediador fundamental. Es loable que el cantante haya decidido apartar el ego y mantenerse en el anonimato.
¿Qué metodología puede conciliar un testimonio que por el tiempo en que se concibió y se presenta, es a día de hoy prácticamente ciencia ficción para el espectador Millenial/Generación Z?
El trabajo de los valores en el aula en el área de Valores, la pasión y la claridad con que se expongan los sustratos comunes que pese a los cambios tecnológicos que se produzcan en la sociedad, es la forma de demostrar a los más jóvenes, que hay rasgos y virtudes de la condición humana que pueden haberse desentrenado, pero están en nosotros. Son consustanciales a la condición humana, son connaturales:
La empatía y la importancia del otro como referente, la facultad de sentir y emocionarse, así como insistir y enseñar a romper los bloqueos que dificultan el despliegue de las emociones positivas. Valorar la sencillez. Dar sin esperar recibir a cambio. La ética. Desarrollar la consciencia, la solidaridad, la resiliencia y el poder de la presencia, la conciencia y la dignidad del arrepentimiento. La compasión y el reconocimiento. Sentirse bien por una buena obra, especialmente si repercute en beneficio de otras personas. Sentir el medio, dosificar la exposición a las redes sociales y permutar esos tiempos por relaciones de introspección e interacción real.
Cambiar el sistema de recompensas por realidades menos condicionales y de valor presencial.
Vencer al miedo y reconocerlo en sus límites que se asocian a la supervivencia extrema como sistema de seguridad y adaptación.
Desplegar el pensamiento, interpretar personalmente una poesía, el sentimiento de una letra musical, una melodía, comprender, por ejemplo y ya que estamos, la magia de películas, espacios de expansión sensorial y sentimental como es:
Las promesas que enterramos.
Un film que nos demuestra que una historia bien contada, aparte de retornarnos memoria sensorial, es capaz, a través de sus reportes y contacto humano por los vínculos fuertes, de promover cambios.
¡Fíjate, sin hacer spoiler!
Un sincero placer acompañarte.
Recuerda:
Cualquier testimonio artístico hecho con amor y pensado para durar, puede conmover, remover y movilizar.
¡Ahí va tu entrada!. ¡Pincha Play!




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